Bienvenidos a mi blog. He creado este por que tengo un montón de historias en mi mente que me gustara compartir. Miles de mundos y personajes siempre me acompañan, decidí, que era hora de hacer que fueran conocidos. Quiero, que sean capaces de expresar y soñar junto a mi. Espero, que les guste mi casa y tendrán una voz aquí. Mi cariño y amistad también.
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lunes, 4 de noviembre de 2013

Leyendas ( ultima parte).

Hola  ¿cómo les  va? Yo ya  me encuentro mejor,  muchas  gracias  por su  preocupación y saludos.


A pesar  de  que ya  paso Halloween, y  como les  prometí aún  les  colgare  una  leyenda  de mi patria. El próximo año, les pondré más.   Esta leyenda  tiene  su origen  en  Ibarra 

Ibarra de  Noche
San Miguel de Ibarra es una ciudad ubicada en la región andina al norte del Ecuador. 



Conocida históricamente como "La Ciudad Blanca" por sus fachadas y por los asentamientos de españoles y portugueses en la villa. 


También son muy comunes las frases: "ciudad a la que siempre se vuelve" por su pintoresca campiña, clima veraniego y amabilidad de sus habitantes; "la bohemia del norte" por su gente conservadora, amable, abierta al arte y a la música, y tan creyente de la religión; y "Cupido del Ecuador" por el enorme significado del amor y el romance para sus habitantes". Es muy visitada por los turistas nacionales y extranjeros como sitio de descanso, paisajismo, cultura e historia. Es una ciudad cultural en donde predomina el arte, la escritura, la pintura, el teatro y la historia; además existe una gran producción turística y hotelera ofrecida para toda la zona.

  Bueno ahora que les  hice conocer  un poco  de  esa  bella ciudad, les  contare   la leyenda:

La  Caja  Ronca 


 Había una vez, hace mucho tiempo en San Juan Calle, un chiquillo tan curioso que quería saber en qué sueñan los fantasmas. Sí queridos amigas y amigos: fantasmas, esos que atraviesan las paredes. Por eso escuchaba con atención la última novedad: unos aparecidos que merodeaban en las noches de Ibarra, sin que nadie supiera quiénes eran pero seguro no pertenecían a este Mundo.
-¡Ay Jesús!, decía Carlos, ojalá que no salgan justo la noche en que tengo que regar la chacra. Sin embargo, este muchacho de 11 años era tan preguntón que se enteró de que las almas en pena salían a medianoche para asustar hasta quienes salían a cantar los serenos. Estos seres, según decían los mayores, penaban porque en su codicia dejaron enterrados fabulosos tesoros y hasta que alguien los encontraran no podían ir al Cielo. Estos entierros estaban en pequeños baúles de maderas recias para que resistieran la humedad de las paredes. En esas cajas, además, estaba guardada la Avaricia. Carlos, fácil es suponer, se moría de ganas de conocer a esas almas en pena, aunque sea de lejos. Acudió a la casa de su mejor amigo, Juan José, para que lo acompañara al regadío en el Quiche Callejón, como se denominaba el lugar en aquella época del siglo XIX. Ahora pertenece a las calles Colón y Maldonado, pero sólo imagínense cómo sería de tenebroso si no había luz eléctrica. -¡Qué estás loco!, dijo Juan José y le recordó que él también estaba en el barrio cuando hablaron de la Caja Ronca, que era como habían denominado a esa procesión del Averno. A él no le hacían gracia los fantasmas.
-No seas malito, le dijo Carlos, de ojos vivaces, mientras argumentaban que esas eran puras mentiras para asustar a los niños. Evitó decirle que él mismo sentía pánico de aventurarse por la noche y peor con la certeza de dormir en una cabaña vieja de su propiedad.
Porfió tanto el jovenzuelo que el otro aceptó a regañadientes, con la condición de que después del regadío le brindara un hirviente jarro con agua de naranjo con dos arepas de maíz, de esas que se hacían en el horno de leña.
Más pudo la barriga que el miedo y así los dos chiquillos caminaron pocas cuadras hasta el barrio San Felipe, como se llamaba en aquella época, en medio de higueras prodigiosas y geranios perfumados.
Antes de oscurecer llegaron al descampado donde se apreciaba las plantaciones de hortalizas y en la mitad el árbol de higos, como si sus ramas fueran inmensos dedos retorcidos y su tronco pareciera una mano recia que saliera de las entrañas de la tierra. Los jóvenes comprobaron que los canales de agua estuvieran dispuestos. Después, prendieron una fogata y esperaron que el tiempo transcurriera, eso sí evitando hablar de la temible Caja Ronca.
Atraídos por la magia del fuego los amigos no tardaron en dormirse, mientras afuera un viento helado se escurrió muy cerca de los surcos, a esa hora pardos por los destellos de la Luna. Mas, un ruido imperceptible pareció entrar por ese portón del Quiche Callejón.
Los mozuelos se despertaron y el sonido se hizo cada vez más fuerte. Se levantaron. Antes de preguntarse si valía la pena acercarse al pórtico gastado ya estaban sus orejas tratando de localizar ese gran tambor que sonaba en medio de la noche. Entonces, a insistencia del indagador Carlos que no quería perderse ningún detalle, se acercaron a la hendidura y lo vieron todo:
Las lenguas de fuego parecían acariciar a ese personaje y ya no había otra explicación: era algún Diablo salido del Infierno. Eso a juzgar por sus ojos resplandecientes como carbones encendidos y sus cuernos afilados, que eran golpeados por la luz que despedía la procesión funesta.
Este Señor de las Tinieblas iba recio y parecía que de sus ojos emanaban las órdenes para sus fieles, que caminaban lentamente como arrepintiéndose. De su mano derecha sobresalían unas uñas afiladas que se confundían con su capa escarlata. Era como si estos conjurados del Miedo anunciaran la llegada de días terribles.
 Los curiosos estaban adheridos al portón como si fueran estatuas. Y entonces la puerta crujió. A su lado se encontraba un penitente con una caperuza que ocultaba sus ojos. Les extendió dos enormes velas aún humeantes y se esfumó como había llegado. Los encapuchados formaban dos hileras y sus trajes rozaban el suelo, aunque parecían que flotaban. Una luz mortecina golpeaba esas manos que a los ojos de los chiquillos se mostraron huesudas y deshechas, que parecían fundirse con las enormes veladoras verdes. La enorme procesión recorría acompañada de dos personajes siniestros que tocaban un flautín junto a un gran tambor. Más atrás, un carromato envuelto en llamas finalizaba este espectral séquito.
A Juan José le pareció que esa carroza contenía a la temible Caja Ronca, que no era otra cosa que algún baúl lleno de plata perdido en el tiempo y el espacio y que -desde otros laberintos- buscaba unas manos que lo liberaran de su antiguo dueño.
Ni cuenta se dieron cuando se orinaron en los calzones, peor cuando se quedaron dormidos, ni aún en el momento en que sus pies temblorosos los llevaron hasta sus casas de paredes blancas. En San Juan Calle, las primeras beatas que salieron a misa de cuatro los encontraron echando espuma por la boca y aferrados a las velas fúnebres. Cuando fueron a favorecerles comprobaron que las veladoras se habían transformado en canillas de muerto.
Fue así como de boca en boca se propagaron estos sucesos y los chicos, entonces, fueron los invitados de las noches cuando se reunían a conversar de los prodigiosos sucesos de la Caja Ronca, para regocijo de las nuevas cofradías de curiosos, que aún se preguntaban en qué soñaban los fantasmas. A veces, sin embargo, había que recogerse antes de la media noche porque un tambor insistente se escuchaba a la distancia...

Bueno  con  esta leyenda  me  despido y les deseo una genial  semana



lunes, 28 de octubre de 2013

Leyendas de Quito ( Primera Parte)

Hola, ¿cómo les  va? Yo  estoy con frío, sueño   y con  ganas  de no hacer nada. Como saben  todos  los  lunes ,  hago una  entrada  sobre  algo  de mi país. Como ya  estamos  casi en Halloween . Decidí mostrar leyendas  de  mi hermosa  ciudad.


Quito
Quito  no solo  es  una ciudad  bella  y  la  capital  del Ecuador.  En sus  calles  hay leyendas, sueños perdidos y mucha historia.


Espero que  que me permitan llevarles  un poquito  de eso  con mis entradas y  sin perder más  el tiempo  les contare  la  primera  leyenda.

Está no la conocía  hasta  que empecé  a investigar    para  está entrada  como  al principio  la imagen  me  produjo un pequeño  temor decidí   que era  apropiada   para   este  espacio.


A diferencia  del jinete sin cabeza, que conocía  por la  película  de disney  y  por la de Tim Burton


 Sin   tardar  más,  me  voy  a  leyenda  que  ocurrió  en la  época  colonial en las  calles  del tejar  y San Roque

De  esta   leyenda encontré dos  versiones :

Primera  versión:

La leyenda del Cura  sin cabeza




Cuentan que por las noches vagaba en San Roque un espectro que se asemejaba a un cura por su vestimenta pero que no tenía cabeza.

Sus constantes amenazas y sustos llegaron a crear pánico entre los habitantes de esa populosa barriada y la gente ya no se atrevía ni siquiera a salir de sus casas apenas caída la noche, pese a lo cual no dejaban de ver su tétrica imagen a través de las ventanas y balcones captando de vez en cuando los desafueros de este personaje contra cualquier incauto que llegara a pasar por sus dominios.

No se sabe cuánto tiempo este personaje hizo de las suyas con total libertad en las calles y plazas del Quito antiguo. Lo que si se dice es que un cierto día fue descubierto su truco.
Se trataba, en realidad, de un hombre libertino y vividor que ingeniosamente había construido un armazón de madera en tal forma que elevaba, visualmente,  el nivel de sus hombros hasta la cima de su cabeza cubriendo todo el conjunto con una vestimenta muy parecida a la de un sacerdote. Con esto daba la impresión de un ser humano descabezado pero viviente.

Con esta sencilla estratagema, el Cura sin Cabeza, estaba con el camino libre por las noches que las utilizaba para visitar a su amante ocultando su verdadera identidad

La  segunda  versión

La leyenda del cura  sin cabeza 


Recuerdo que mi abuela decía que en el tejar existió el cura sin cabeza. Las personas del barrio veían que siempre por las noches bajaba en un caballo un hombre vestido todo de negro. Con una capa que cubría todo el cuerpo, por eso nadie le veía la cabeza. Pero los muchachos del sector estaban muy intrigados y decidieron ponerle una trampa. Entonces, una noche, cuando el misterioso hombre pasaba con su caballo, le extendieron una soga en el piso y el caballo tropezó e hizo que se caiga el "cura sin cabeza". Dicen que en realidad era un cura que se escapaba a parrandear y que se ponía la capa desde la cabeza para que nadie lo reconozca, pero todo el mundo creía que era el cura sin cabeza.

Relato de  Mercedes Sola 

Con está leyenda  me  despido, a diferencia de la primera  si la conocía y hasta hice  un proyecto en la universidad  sobre ella.

Parte  de está leyenda  se  desarrolla  en  el cementerio del Tejar.


La leyenda  de la  capa del estudiante



En una institución los estudiantes estaban preparándose para los exámenes finales del año…
 Juan uno de sus compañeros estaba muy triste y preocupado porque sus zapatos ya estaban rotos y no tenía dinero para adquirir sus cosas nuevas para el día de sus exámenes estaba muy angustiado y triste al saber que no tenía dinero para poder comprarse lo que el necesitaba sus amigos le dijeron que tenían una solución vender o empeñara su capa para tener dinero, pero para él era muy triste hacer eso ya que adoraba su capa y le era muy difícil separarse de ella.


Finalmente sus compañeros le ofrecieron darle dinero pero como siempre a cambio le pidieron algo. Juan preguntó que debía que hacer para conseguir el dinero que tanto necesitaba sus amigos lo dijeron que tenía que irse a las doce de la noche al cementerio del tejar buscar una tumba de una mujer que se había quitado la vida y clavar un clavo en el lugar.
Juan acepto. Esa tumba era de una joven con la que Juan tuvo amores en el pasado y que se quitó la vida a causa de su traición. El joven estaba lleno de remordimientos, pero como necesitaba el dinero acudió al cementerio.
Al llegar al cementerio ingreso muy lentamente y empezó a buscar la tumba que sus compañeros le habían dicho al llegar ahí, tenía que colocar un clavo mientras él lo hacía en su mente le pedía perdón por el daño que le ocasionó en el pasado. Al culminar la actividad  iba a retirarse del lugar pero sentía que alguien le sujetaba muy duro de su capa y le impedía retirarse de ahí.

Mientras tanto sus compañeros lo esperaban afuera del cementerio pasaron horas y horas hasta que amaneció y Juan nunca salió del lugar. A la mañana siguiente, preocupados por la tardanza se aventuraron a buscarlo y lo encontraron muerto. Uno de ellos se percató de que Juan había fijado su capa junto al clavo.


De  está leyenda encontré el vídeo, aquí les  dejo :




Con eso me  despido,  les deseo una  genial semana