Hola, ¿cómo les va? Este e s el primer viernes del año y espero que el capítulo de hoy les agrade ya que conocerán un poco a mi protagonista Sebastián Contreras
Sin más que decir les dejo este fragmento espero que les guste y les mando un beso.
Capítulo 3 ( Primera parte)
Úvatar estaba furioso, sus planes habían fracasado. Pensó, que su venganza sería fácil. Había planeado por siglos la estrategia para lograr su victoria, si no hubiera aparecido aquel sujeto con la urna de Baal. Amelia se hubiera rendido en unos minutos. En este momento ya la había torturado y estaría a punto de lograr la primera parte de su revancha. Además, deseaba con todo su corazón ser corpóreo y volver a retomar su poder perdido. No sabía por cuánto tiempo podía resistir de esa forma y sobre todo de la caza despiadada de los recolectores de almas. Muy pronto se daría cuenta de cómo derrotarlo y el poder de las urnas. No importaba que era libre y se hacía más fuerte por la traición que le dio su libertad. Cuando llegó la perra de Edfu, tuvo que esconderse como un cobarde. Ahora mismo , tenía miedo, nunca antes había sentido eso y le molestaba mucho.
Amelia salió a la ventana, le encantó sentir sus miedos y dudas. Ella estaba a punto de llorar. En lugar de eso se puso a mirar a la calle y a un chico que estaba parado esperando a alguien. No le prestó atención hasta que ella le sonrió y volvió a tener esperanzas.
Uvatar se prometió que no dejaría que nadie se acerque a Amelia y la salve del infierno que le esperaba. Aunque estaba débil, se acercó al hombre que miraba a su presa y se dispuso a tomar su alma.
Sebastián frotó sus manos para darse calor. Volvió a mirar el reloj; pensó que la señora Gutiérrez se retrasó de nuevo. Estaba esperando que ella, por fin le compre el cuadro. Casi sintió que estaba pidiendo limosna; más que vender su cuadro. La lluvia remataba el mal día que tuvo, aunque su suerte cambió algo. Volvió a mirar a la hermosa joven que le sonrió en la ventana, pero en lugar de ella observó una calavera con ojos cargados de sangre. La tierra tembló y se abrió el piso donde estaba parado. Asustado trato de no caerse, pero algo jalo su pierna derecha y le arrastró hacia la oscuridad. Tembló e intentó zafarse de lo que le apresaba, sin poder lograrlo.
Úvatar sonrió complacido el alma de ese muchacho era más jugosa que la del pobre pescador. Sebastián sintió algo baboso tocando su frente. Luego tuvo un fuerte dolor en su ojo derecho, como si alguien o algo succionara su cerebro . Todo se volvió oscuro, no pudo moverse; solo sentía un fuerte hedor y su cuerpo estaba paralizado del frío.
Pensó que iba a morir, hace unas horas no le hubiera importado. Más en ese momento, se revelaba contra aquello. Quería volver a ver a la muchacha que le sonrió, además deseaba pintar de nuevo, comer las empanadas de morocho de doña Caridad, conversar con don Pedro y ver...
Los pensamientos se le agolparon para luego quedar todo en nada. La oscuridad lo cubría y por más que luchaba no pudo hacer nada. Oyó una voz gruesa de un hombre pronunciar un nombre que no entendió y hablar en una lengua extraña.
Luego miró una luz fuerte. Se quedó sorprendido a verse parado en la calle, como si no hubiera pasado nada. Estaba algo atontado cuando llegó la persona a la que iba a vender su cuadro. Solo recordaba a la muchacha que le sonrío. Luego de pasar discutiendo de negocios Sebastián estaba cansado y con ganas de renunciar a vender sus obras. Había tenido un día fatal, otra vez estaba retrasado con la renta de humilde departamento en el que residía, su moto le daba algo de problemas y apenas había pintado algo decente.
Sin embargo, eso no afectó . Fue ver a su padre después de tantos años lo que hizo su día miserable. Había como siempre llegado a su trabajo como mesero en el restaurante el Rincón de Francia . Estaba ya sirviendo el almuerzo a algunos comensales. Lo mandaron al pabellón privado que celebraba una reunión del hombre del año. Casi vomita al darse cuenta que el homenajeado era su padre. No lo había visto desde que tenía 15 años, pero cuando paso cerca de él. Volvió a sentirse como un niño temeroso al que le asustaban sus reglas.
Escapo a la cocina; aunque no le sirvió de nada ya que se puso a recordar los días cuando era niño. Con su padre nunca podía fallar , llegar tarde o sacar malas notas. Aún tenía las huellas de sus latigazos y a veces podía oír sus gritos e insultos. El olor de comida y un golpe del chef Henri, lo hizo volver a la realidad. Dio su pedido y aunque no lo deseo volvió al salón.
Se quedó para oír las mentiras sobre la bondad generosidad y paciencia de su padre. Por un momento quiso interrumpir y decirles de todas las noches que fue sin cenar, por no cumplir los normas. O también podía hablar sobre las palizas que le daba a su madre. Desde que se dio cuenta de que su padre estaba en el salón evito mirar a su madre. Era terrible recordarla con su mirada perdida, dejando que su padre lo castigue por sacar un nueve y no un diez matemáticas. Soportando los continuos maltratos y las infidelidades. No se sorprendió que ninguno de los dos lo reconociera y que la mayoría de los asistentes lo creyera muerto.
Sus padres en lo único que estaban de acuerdo era su continuo miedo sobre lo que dirían lo demás . Tal vez lo que más le dolió era ser olvidado. Siguió con su turno hasta la tarde a veces pensando con desazón que su vida fue un desperdicio. Nunca pudo cumplir con los deseos de su padre. Escapó harto de las falsedades y golpes cuando tenía 15 años.
Dejó de pensar en su vida pasada. Montó en su moto, ni se dio cuenta de que llegó al sur de la ciudad. Fue al café de doña Caridad. La soledad que sintió al ver a su padre terminó al ingresar al pequeño local.de comida típica Una mujer pequeña de cabello blanco y algo flaca se le acercó y le dio un beso en la mejilla. Estaba en un pequeño café lleno de gente. La anciana lo saludó mientras servía café con humitas.
— Hola, Sebas ¿cómo estas?
— Bien,
—Te vez algo pálido. No te estás, comiendo bien — Sebastián no contestó nada ya que no era una pregunta. Cada vez que veía a doña Caridad está lo alimentaba siempre que podía hacerlo.
—Ve a la cocina, Meche está friendo empanadas.
Sebastián no tenía hambre , pero de nada le valía discutir con ella. Resignado caminó el local a una pequeña cocina en la que una mujer negra revolvía una sartén.
—Meche ¿cómo te va?
La negra se volteó y lo miró profundamente. Algo en su semblante cambió, volvió su atención a las empanadas . Minutos más tarde se pudo a ver en uno de los estantes y tomó una olla de barro que puso a hervir con unas hojas de abedul
— Bien, Sebas. Siéntate, ya te atiendo.
Sebastián se sentó en una silla vieja , tenía dolor de cabeza y el olor a comida le produjo algo de náuseas. Se preguntó ¿qué hacía ahí?, pero siempre que pasaba cerca del local tenía que entrar por unos momentos.
Meche se acercó a él con una taza de color blanco que contenía una bebida verde.
—Tomá esto.
Sebastián miró con asco la bebida.
—Tómala de una vez. Haz tenido un encuentro con un maligno, esto limpiara tus energías o ¿prefieres que te haga una limpia?
Sebastián tomó el líquido amargo, mientras lo hacía el dolor de cabeza amainó.
—Así, está mejor.
Sebastián como respuesta tomó el desagradable té. Pensando en el encuentro que tuvo con su padre. Como si Meche leyera sus pensamientos, con una voz extraña la negra le dijo.
— No tuviste un encuentro con ser humano fue con un oscuro, un demonio.
Sebastián la miró con sorpresa el rostro arrugado de la negra estaba blanco y la expresión de su rostro delataba un gran temor. Eso asustó al pintor, siempre había visto a la negra como una mujer fuerte. Lidiaba con las pandillas y hasta con los temblores sin ni siquiera inmutarse.
—Tuve un día de a perros, pero no he tenido ninguna lucha con un demonio
— Ve tu pierna derecha.
No me ha pasado nada.
— Quítate las botas y mira tu tobillo derecho . No pierdes nada.
Sebastián se quitó la bota y el calcetín; alzó el pantalón y miró una cicatriz como si hubiera sido arrastrado. Sin embargo, por más que quería recordar como se lo hizo no pudo.
Caridad entró a la cocina, ambos se callaron. Sebastián se puso la bota. Quería salir lo más rápido posible de esa cocina, se sentía extraño.
— Voy a ver a don Pedro, me imagino que está en el taller . Luego vuelvo.
Doña Caridad lo abrazó
— Bueno, pero vuelves más tarde. Te extrañado,.mi niño.
Sebastián aun en los brazos de la anciana asintió sintiendo un extraño calor en el corazón. Estaba a punto de salir de la cocina cuando Meche lo siguió
—Pronto vas a volver a tener otro encuentro con el oscuro y vas a tener que decidir entre la luz y la oscuridad. Recuerda que hasta el lugar más negro y asqueroso hay una pequeña luz que brota de nuestro corazón.
Sebastián no dijo nada, se quedó mirando a la oscuridad de la noche mientras Meche se marchó a la cocina.
Espero que les haya gustado el capítulo y les deseo un genial fin de semana