Hola , ¿cómo les va? Ando un poco enferma, parece que últimamente siempre estoy con algo de dolor de cabeza. Casi no mando entrada, pero como ya me siento algo mejor decidí poner un nuevo capítulo , espero que les guste.
Capítulo 10
Vanora entró por uno de los restaurantes más prestigiosos de Quito, ella conocía al chef Henry desde hace años. Nunca entendió porque vivía en ese lugar tan inhóspito. La verdad aunque adoraba ir allí, hubiera dado todo su fortuna y belleza por estar descansado en su casa en París.
En lugar de eso iba a tener una cita con un asqueroso demonio. El día había ido de mal en peor. Luego de haber descubierto que había un traidor entre los trece guerreros fue donde su jefa inmediata Aher. Esperaba que la felicitara, por lo menos la elogiara en lugar de eso fue reprendida y la jefa de los recolectores le pidió pruebas.
Sin haber dormido casi y con el rostro demacrado, le tocó ir a proteger a Amelia; como si no tuviera bastante tenía que estar entre ese inglés creído que era pariente de Úvatar y el demonio más torpe y tonto que había existido en la faz de la tierra.
Azidahaka era un demonio grotesco con cuerpo de larva y tres cabezas, que parecían nunca ponerse de acuerdo en nada. cuando tenía forma humana se disfrazaba con mujer gordita e irritante y luego de unos minutos sin cambiarse de ropa se disfrazaba como hombre. Vanora estaba harta de indicarle como debía vestir o la forma de comportarse. Recordaba con terror que se desmayó cuando trajo a la casa un carnero agonizante y lo empezó a engullir en la mesa salpicando de sangre a todos.
Hoy en lugar de ser de utilidad, cuando se despertaron del hechizo de Úvatar le vomito encima y luego le dio un ataque de pánico.
Vanora entró en el restaurante Rincón de Francia como siempre fue recibida con una sonrisa tímida del portero. Luego pidió su mesa acostumbrada, como siempre los meseros se peleaban por atenderla; minutos después propio chef Henry vino a saludar con gran entusiasmo. Vanora sintió un alivio que Adremelech no había llegado a la cita.
En la cocina del restaurante Sebastián dejaba unos platos en el lavadero, cuando entró el chef Henry con expresión de fastidio.
—¿Qué pasó?
— Vino a cenar a princesa de plástico.
Sebastián se asomó por la puerta de la cocina y miró el cabello dorado de Vanora que llevaba su ropa cara y una mueca en vez de sonrisa. Miraba a todo el mundo como si apestara o fueran insectos en especial a los mesoneros .
Sebastián frunció el ceño le tocaba esa sección. Miró a su alrededor y se dirigió a un hombre alto y flaco —Carlos, cambiemos de sección. Por favor, atiende su mesa; no la aguanto.
—Ni el papa la aguantara si la conociera. Esa mujer nos es plástica, es sorbete hecha toda de plástico y hueca en el medio.
Sin reírse de la broma de su compañero. Sebastián miraba a los lados buscando quien lo salve de atender a princesa de plástico como la llamaban los meseros del restaurante . Ninguno se condolió de su dolor y el chef Henry le ordenó disgustado
— Ve atender a la dama. Es pesada, pero es una mis mejores clientes.
Resignado fue a atender a la princesa de plástico que estaba de muy mal humor.
Amelia se encontraba de muy buen humor y a punto de salir a cenar en el Restaurante Rincón de Francia. No sabía que paso con el demonio, pero estaba segura de que no lo volvería a ver en un buen tiempo. Ni siquiera, se molestó de ver a Ramoncito con un horrible traje anaranjado con camisa de color fucsia y corbatín morado.
ramoncito
Trato de no mirar fijamente su atuendo para que no le dolor de cabeza. A Ana le dio un ataque de risa en cambio.
—Mamá quería que me cambiará, dice que parezco un papagayo. Yo creo que el color terracota es muy elegante según la vendedora hace lucir mis ojos.
Ana intentó contener su gana de reír mientras Amelia ponía los ojos en blanco. Heli y su padre pasaron a buscarlos para ir a cenar.
Vanora sintió un alivio que su cita no había llegado. Disgustada riñó al camarero por mal interpretar su pedido. Estaba tomando su segunda copa de vino cuando Adremelech llegó 15 minutos tarde.
— Llegas tarde.
Adremelech sonrió sin remordimientos
— Lo sé, discúlpame.
Sebastián sintió lástima del pobre tipo que iba a cenar con esa mujer. Había cambiando el mantel porque ella miró una macha imaginaria. Fue reprendido por la mujer ya que según la princesa; él se equivocó de botella de vino aunque le había dado la correcta e hizo que cambiara el vino por otra marca más cara que probablemente tendría que pagar él .
Sebastián se retiró con ganas de vaciar el licor encima del vestido blanco de la princesa. Un poco distraído no se dio cuenta de que unos clientes se aproximaban y se chocó con uno de ellos.
Se sorprendió al ver a su musa en el restaurante. Ella estaba hermosa sus ojos negros se iluminaron al verlo y le sonrió de forma tímida. Su piel blanca y tersa contra restaba con el color rojo de su vestido. Su cabello negro estaba suelto y Sebastián tuvo el impulso de tocarlo para luego acercarse a ella y besarla. Había soñado tantas veces con saborear su boca. La voz de su musa lo hizo reaccionar.
— Disculpe.
Amelia estaba nerviosa no sabía qué decir o cómo comportarse en esa situación.
—Fue mi culpa.
Sebastián iba a alejarse cuando ella dijo en voz baja —me alegra que estés bien.
Ramocinto los interrumpió — Amelia muévete que me suena la panza .
Amelia tuvo el deseo de dar una patada a su vecino. Sebastián se alejó mientras Amelia iba a la mesa con sus amigos.
Heli ni bien se sentó su amiga dijo — lo viste, es él.
—¿Quién ? — preguntó el padre de Heli.
—El hombre que salvó a Ana.
Un mesero pasó el menú y les sirvió agua. Mientras Sebastián iba a otra mesa pensando que tal vez ella no deseaba hablar con él al saber que era un simple camarero. Con ese triste pensamiento fue a darle el menú a la princesa de plástico que se escondió debajo de la mesa.
Vanora no sabía que hacer su restaurante predilecto había bajado de categoría. Se preguntó ¿cómo iba a escapar de la humillación que los otros trece guerreros la vieran con ese traidor?
—Parece que llegaron tus amiguitos, Vanora no sé a que juegas, pero no tengo tiempo para niñerías. No vuelvas a invitarme. Por cierto ya pagué la cuenta así puedes desaparecer sin que tu intachable reputación se dañe.
Sebastián llevó el dinero a la caja, por el rabillo del ojo observó a su musa. Tal vez debería olvidarla de una vez.
Amelia apenas probó el plato de cangrejo, solo pensaba en cómo acercarse al hombre de la medalla. Temía no volverlo a ver en su cita de todas las mañanas. Se levantó de la mesa con la excusa de ir al baño y busco al mesero sin suerte iba a ir a su mesa cuando se tropezó y cayó al suelo. Por suerte estaba en un pasillo alejado y nadie observó la caída. Iba a levantarse cuando un hombre le tendió una mano. Sin verle el rostro supo enseguida de quien se trataba y corazón latió con fuerza. Amelia temblaba y no era por el frío de la noche. Se sentía ansiosa, nerviosa y con algo de vergüenza.
Con voz tímida e insegura le hablo—. Parece, que siempre me encuentras así.
—No me importa, la forma en la que te encuentre, siempre que lo haga —dijo Sebastián sonriendo.
Amelia apenas podía moverse, sus piernas no funcionaban, ni siquiera podía respirar. Solo sabía que quería quedarse en ese lugar por siempre. Compartiendo ese momento con él, mirando a sus ojos azules que le volvían loca y oyendo su voz sensual que hacía que cada parte de su cuerpo se tiemble de excitación.
Él tomó su mano el contacto con su piel hizo que Amelia se mordiera duro la lengua para suprimir un gemido. Los dos se quedaron callados ella todavía estaba en el suelo. Se paró y sintió como si una fuerza extraña la empujara a sus a sus brazos que la sostuvieron para que no se cayera.
—Debes pensar que soy la persona más torpe de todo el mundo.
—Yo no pienso eso —. Dijo Sebastián sosteniéndola entre sus brazos oliendo su aroma a chocolate y limón.
—¿Entonces por qué te quedas callado? ¿Dime en qué piensas?
—¿Quieres saberlo en verdad? —. Contestó Sebastián sin soltarla abrazándola más.
—He pensando en ti cada día, cada hora en los últimos meses. Memorice tu rostro. A ahora que te miro veo que mis recuerdos estaban errados, eres más bella de lo que acordaba.
Amelia se puso más roja que el vestido corto de cóctel que llevaba. Mientras Sebastián deseaba pegarse por ser tan efusivo y directo. Ahora ella pensaría que era un baboso y un libidinoso , pero ella no dejó abrasarlo, le sonrió y bajando los ojos dijo —. Yo también he pensado en ti, cada día iba a tu lugar de trabajo con la intención de ir a visitarte sin embargo, tenía tanto miedo.
—¿Ya no tienes miedo?
—Estoy harta de tener miedo.
Sebastián tocó la barbilla de Amelia y por un momento se perdió en sus ojos negros.
—Siempre creí que volvería a verte.
Sin pensarlo iba a besar a Amelia, cuando oyó una voz furiosa.
—Sebas, ¿dónde estabas?
Amelia y Sebastián se separaron.
—Ya voy a la cocina.
Carlos se marchó con unos platos, mientras ladeaba la cabeza. Sebastián iba a ir a la cocina, pero ella se lo impidió.
—Espera, he querido preguntarte esto desde el primer instante que te conocí. ¿Cómo te llamas?
— Sebastián Contreras.
—Encantada, yo me llamo Amelia Bolaños ¿Te veo mañana?
—Si, en la casa de Cultura
Espero que les haya gustado el capítulo y les deseo un genial feriado
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