Bienvenidos a mi blog. He creado este por que tengo un montón de historias en mi mente que me gustara compartir. Miles de mundos y personajes siempre me acompañan, decidí, que era hora de hacer que fueran conocidos. Quiero, que sean capaces de expresar y soñar junto a mi. Espero, que les guste mi casa y tendrán una voz aquí. Mi cariño y amistad también.

viernes, 17 de julio de 2026

Después de Todo . Capítulo 29 ( Segunda Parte)

 Hola ¿Cómo  están?  



 Esperó que les  guste  este  fragmento, tiene menos  acción pero  con un poco  romance 

Capítulo  29



Luke se estremeció de pies a cabeza. Ella había vuelto a tomar las riendas y él volvió a prometerse a sí mismo que bajo ningún concepto le tomaría la delantera. Si solo trataba de provocarlo, lo soportaría. Tal vez aquel juego acabase con él, pero lo soportaría como otras veces. 

Sabía que ella lo deseaba y lo amaba. Notaba sus pezones duros contra su pecho. Pero hasta que estuviese preparada, hasta que le pidiera lo contrario, se dominaría.

Ella le mordisqueó los labios.

— Te deseo,  aun tengo miedo. Pero estoy lista. 

Él volvió a tragar saliva.

—Anazareth, no creo…

—He soñado contigo todo el día.  Aún recuerdo  tus  besos de esta mañana.—Susurró ella.

Él abrió los ojos y de nuevo creyó morir.

—¿Y qué has soñado?

—Que me tocabas y me hacías gritar.

Él bajó las manos a las nalgas y empezó a acariciarlas.

—¿Así?

—Justo así. Luego me hacías el amor. —Vaciló un momento y apartó la vista.

Él le tomó la barbilla con una mano mientras con la otra aferraba su nalga con fuerza.

—Mírame, por favor. —Aguardó hasta que sus pestañas se levantaron y desvelaron la tímida indecisión de su mirada—. Has soñado que hacía el amor contigo. ¿Y qué más?



Ella suspiró varias veces.

—Te gustaba —respondió finalmente.

Luke se sintió como si acabase de darle un puñetazo.

—Anazaret no se trata de que a mí me guste. A estas alturas, ¿aún no te has dado cuenta? Se trata de que nos guste a los dos. —La besó intensamente—. ¿Te ha gustado esto?

Ella asintió con un movimiento muy leve.

—Sí.

Le soltó la barbilla y con la mano le cubrió un pecho; oyó una inspiración brusca y notó que el pezón se erguía.

—¿Y esto?

Ella le pasó la lengua por los labios y retuvo el inferior entre sus dientes.

—Sí.

Él rozó con los nudillos el punto de unión de los muslos y notó cómo se estremecía.

—Y la otra noche, ¿te gustó?

—Ya sabes que sí.

Le cogió una de las manos, aún posadas en su cuello, y le besó la palma.

—Entonces te prometo que a mí me gustarán las mismas cosas. —Le bajó la mano hasta hacerle recorrer su erección con la punta de los dedos y, en respuesta, se puso tenso—. ¿Lo ves? A mí también me gusta. —La indecisión enturbió los ojos negros  de Anazareth.

 Luke  quiso golpear   a Azidahaka  hasta  cansarse por  el daño que le hizo a Anazareth —. No tienes porqué hacer nada que no te apetezca —susurró, y los labios de ella adquirieron un gesto decidido. Fue como si él le plantease un reto—. Anazareth, no te estoy desafiando. Podemos dejarlo ahora mis…

Ella quiso besarlo y le tiró del cuello con tal fuerza que lo hizo ver las estrellas.

—Ni se te ocurra —suspiró en tono feroz—. No me trates como si fuese de cristal. Ya lo has hecho antes  ¿Qué deseas? Sé sincero conmigo.

Luke no habría podido mentir aunque hubiese querido.

—Quería estar dentro de ti. Quiero sentir como tu cuerpo y mi cuerpo se unen. Quiero oírte gritar y suplicarme que siguiera. Lo deseaba más que el aire que respiro. ¿Te parece que he sido lo bastante sincero?

A Anazareth se le llenaron los ojos de lágrimas, pero parpadeó en un gesto retador para evitar derramarlas.

—Sí. Ahora, dime, si las cosas fueran normales… Si yo fuera normal…

Esta vez fue él quien la interrumpió estampándole un beso.

—No sigas. Tú no tienes nada de raro.

Los ojos negros de ella emitieron un intenso destello.

—Entonces demuéstramelo. Demuéstrame cómo se supone que funciona todo esto, porque siempre he querido saberlo.

Permanecieron un momento mirándose el uno al otro y Luke se percató de que ahora era ella quien lo desafiaba. Quería que la cortejara, que se mostrase enamorado. Y también se percató de otra cosa. Estaba muerto de miedo. Inspiró hondo y exhaló el aire poco a poco.

Ella esbozó una sonrisa y extendió las manos en su pecho desnudo.



Le besó la sien, la barbilla, el hueco de la garganta. Y la oyó suspirar .  Luke  no pudo aguardar más. Le invadió la boca con un beso que representaba todo cuanto deseaba y ella se lo devolvió con igual pasión. Deslizó los brazos alrededor de su cuello y apoyó todo su cuerpo en él.  Luke aferró la redondez de sus nalgas con ambas manos, la levantó y la abrazó con fuerza, tal como había soñado. 

Anazareth arqueó la espalda y suavizó el contacto hasta que él gimió y ambos se dejaron caer de rodillas. Con un movimiento ágil, la colocó de espaldas en el suelo y le sostuvo la cabeza con las manos.

Luego acercó su rostro al de ella. Todos los músculos de su cuerpo pedían a gritos que liberase la tensión contenida.

—Esto es lo que quería. —Se abrió paso entre los muslos de ella, ejerció presión con las caderas y detectó un centelleo en sus ojos—. Es lo que quise la primera vez que te vi.

—Es también lo que yo quiero —dijo Anazareth—. Muéstrame el resto, Luke, por favor.

Él retrocedió hasta quedar arrodillado. Le quitó la camiseta y al hacerlo la despojó también del sujetador. Ella levantó los brazos para ayudarlo y quedó desnuda hasta la cintura ante la mirada de él.

—Eres hermosa, Anazareth. —Se apoyó sobre los codos mientras ella permanecía tendida, pendiente de todos sus movimientos. Bajó la cabeza y le succionó el pezón con suavidad. Ella se agitaba bajo su cuerpo. Repitió el movimiento y ella arqueó la espalda para pedirle más. Pero él continuó con las suaves caricias, como suspiros en su piel. Hasta que la hizo gemir.

—Por favor.

—Por favor ¿qué?

Ella volvió a arquear la espalda. —Mierda, Luke ya lo sabes.

Él pasó la lengua por debajo de su pecho y el sabor salino de su piel le hizo prometerse que la haría sudar mucho más.

Él decidió tener compasión y concederle lo que no pedía por timidez, le rodeó el pecho con la boca y lo succionó; le rozó el pezón con la lengua y volvió a succionar. Ella gimió, hundió los dedos en su pelo y lo atrajo hacia sí. Y entonces él se dio por vencido. Le devoró primero un pecho y luego el otro, hasta que ella empezó a retorcerse.

—Madre mía —dijo entre jadeos.

Luke levantó la cabeza, presa del pánico y la resignación. —Por favor, no me pidas que pare ahora. Pero si lo deseas  lo haré. 

Ella levantó la cabeza del suelo y lo miró a los ojos.

—Si paras, te mato.

Él exhaló un pequeño suspiro de alivio. No estaba seguro de qué habría hecho si le hubiese pedido que se detuviera. Habría parado, pero… Le besó los pechos humedecidos y siguió por el estómago hasta el ombligo, espaciando los besos cada vez más.

Anazareth levantó las caderas.

Él se había deslizado por su cuerpo. Tenía los hombros entre los muslos de ella.

—Entonces te alegrarás de contar con un experto como yo —dijo en tono frívolo—. Eres muy impaciente. —Introdujo la boca entre sus piernas y ella gritó—. Dios, qué húmeda estás —dijo, y la miró a los ojos. Anazareth se incorporó apoyándose sobre los codos; sus ojos pedían más. Incapaz de esperar más, le bajó los pantalones de un tirón. Luego descendió sobre ella y enterró la boca en su cálida y húmeda excitación. Ella se tendió mientras exhalaba otro gemido entrecortado y se cubría los ojos con el brazo. 

El  vampiro se lanzó al banquete. Había pasado mucho tiempo desde la última vez  que  sintió su sabor  y Anazareth  sabía a gloria. Unos gritos guturales y espasmódicos surgieron de la boca de ella y él aminoró el ritmo para durar al máximo su placer.

—¿Te gusta esto? —preguntó.

—Sí —respondió levantando las caderas—. Por favor. —Y unos gloriosos instantes después empezó a tensarse y extendió los brazos en busca de él. Él le cogió una mano mientras con la otra la rodeaba por detrás y la atraía hacia sí—. Luke. —Pronunció su nombre en un grito agudo y penetrante y él intensificó la presión hasta que ella se liberó al tiempo que emitía un largo y quedo gemido. Sus besos recorrieron suavemente la parte interior de sus muslos hasta que su respiración se tornó regular.

Su cuerpo exigía liberar la tensión contenida. Levantó la cabeza y al mirarla se dijo que nunca , olvidaría su aspecto en aquellos momentos. Estaba radiante, rebosante de placer.

Anazareth  lo miró a los ojos.

—Seguimos —suspiró.

Él tragó saliva. — Me ayudas  a desabrocharme el cinturón, y a bajarme la cremallera del pantalón.

Ella se sentó y lo ayudó a ponerse de rodillas.

—Pues te ayudo. —Y lo hizo. Tiró de la hebilla; sus pechos se agitaban con cada movimiento ante los ávidos ojos de él. Debido a la concentración, la punta de la lengua asomaba entre sus labios. Cuando al fin logró desabrocharla la  bragueta 

Las mejillas de Anazareth adquirieron un tono rosado; inclinó la cabeza y se concentró en su cintura. Le costó un poco desabrochar el botón, pero él dejó que lo hiciese por sí misma. Poco a poco bajó la cremallera. Exhaló un hondo suspiro. Tiró de los pantalones y de los calzoncillos hasta bajárselos a la altura de las rodillas y al suspirar de nuevo vio que él contenía la respiración. Lo acarició con vacilación y el aire retenido durante tanto rato surgió en un gemido gutural—. Dios, qué gusto. —Aquello debió de animarla, porque lo rodeó con la mano y ejerció presión, y él se supo a punto de estallar—. Para. —Le aferró el puño—. Quiero correrme dentro de ti. —Se despojó a patadas de los pantalones

 Luego, se arrastró hasta colocarse entre sus piernas y la besó en la boca para volver a notar que se fundía con él—. No tengas miedo —susurró mientras la tendía de espaldas en el suelo.

Ella lo miró fijamente con los ojos muy abiertos.

—No tengo miedo.

Pero estaba asustada. Y él lo sabía. La única forma de disipar su temor era demostrarle qué se sentía. Empujó hondo y se estremeció al notar que ella lo rodeaba y contraía los músculos en señal de aceptación. La notó ardiente y tensa. 

—¿Anazareth?

Su rostro parecía contrito, pero el miedo había desaparecido de sus ojos.

—No pares.

—No lo haré. No puedo. —Se retiró y volvió a hundirse en ella; Anazareth contuvo el aliento—. Llegados a este punto, te sugeriría… —Se interrumpió porque ella alzó las rodillas y lo asió con las caderas. Él se hundió aún más—. Oh, Dios. Sí, así. Muévete conmigo, Anazareth. —Hizo que sus cuerpos cimbrearan al compás. Háblame. Dime lo que sientes.

—Es increíble —gritó cuando él empujó. Extendió los brazos para aferrarlo por los hombros—. Nunca pensé…

En algún momento, él perdió el hilo de la conversación. Su cuerpo se había hecho con el control; siguió y siguió hasta que, desde la distancia, oyó el grito ahogado de ella, notó su cuerpo contraerse a su alrededor, y aquel placer catapultó el suyo. Apretó los dientes y empujó por última vez.

A continuación se hizo la calma. Aún jadeante, se colocó de lado sin dejar de abrazarla; suplicó que, ahora que había terminado, ella no se sintiese culpable ni se arrepintiese. No pensaba consentirlo. Era una hembra extraordinaria, aunque nunca lo reconocería. Pensó que era la hembra más extraordinaria del mundo; y en ese punto detuvo sus reflexiones porque, en medio del silencio que siguió a la plenitud, se había dado cuenta de que era muy afortunado. 

Anazareth permanecía tendida, avanzando por el caleidoscopio de sensaciones con que él la había obsequiado; allí mismo, en el suelo de la cocina. Le estampó un beso perezoso en el pecho cubierto de vello y recostó la cabeza en su brazo. La sensación predominante en aquellos momentos era el alivio. Él había sentido placer; mucho placer, si se atrevía a considerarse apta para juzgarlo. No tenía gran experiencia, pero tampoco era idiota. Casi al final había estado a punto de darle un ataque al corazón de lo agitado que tenía el pulso. La forma en que había empujado, exhibiendo sus dientes apretados; la forma en que su cuerpo se había sacudido y convulsionado; el gemido al alcanzar el clímax. Sí, había sentido placer. Y ella también. No se había corrido una vez sino dos, y la sensación no se parecía en nada a lo que había imaginado.

Así pues, no soy frígida y no  estoy  dañada, pensó. Luego  le  dio  un  beso a  Luke  en la  boca. Luego en voz baja le  dijo —Te quiero. 

Él la atrajo hacia sí y le dio un fuerte abrazo.

Oyeron  ruidos.  Alguien  estaba  cerca, lo más  probable uno de los primos  de  Luke.

—Será mejor  marcharnos. 

— Si  vamos por  el segundo asalto.

Anazareth rio y volvió activar  el  hechizo de limpieza mientras  los  teletransportó  a la habitación  de  Luke. 

Blake pensó se alegró cuando  abrió  que la cocina  estuviera limpia  y sin su primo y  su pareja. La vida  no sería tan sencilla, pero Luke parecía  feliz y eso era lo contaba  para el  cambia formas.

 



 Espero que les  haya gustado. Les deseo  un buen fin de semana. 






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